sábado, 25 de septiembre de 2021

Un Día En El Videoclub

Corría el año 1986 y algo extraordinario iba a suceder. Aquel día llegó a nuestra casa un flamante vídeo Panasonic de 4 cabezales. A partir de ese momento mi pequeño mundo cambió por completo y nunca volvería a ser el mismo.

Hasta ese instante el "contenido multimedia" de mi vida estaba reducido a 2 canales de televisión donde únicamente se podía disfrutar de lo emitido a unas horas muy determinadas, y eso compis, es otra historia que deberá ser contada en otro momento.

Recuerdo cómo fue todo: Era otoño, llovía mucho y fuimos en coche a comprarme unos pantalones vaqueros Lois, puesto que mis viejas rodilleras ya no daban para más tute de tanto remiendo. Tras salir de la tienda vimos que habían cambiado la antigua mercería que hacía esquina por un local cuyo nombre se me quedó más grabado en la memoria que la clavada en la roca de excalibur por Uther Pendragón. Aquel nombre era "VideoClub 2000". Habían cubierto todos los cristales exteriores del local con posters de películas que no sabía ni que existían pero que eran sencillamente alucinantes, y en el escaparate más grande, los tres que más me impactaron: Los Goonies, Juegos De Guerra y El Último Starfighter.

Entré con mis padres, y lo que sucedió después trataré de explicarlo lo más cercano a como lo viví, aunque seguramente me quede muy corto porque las palabras no hacen justicia a aquellas maravillosas sensaciones. Aquel local era inmenso, tened en cuenta que yo tenía seis añitos y era impresionable hasta por el tamaño de La Botilde del "un dos tres". Nada más entrar, perpendilucarmente a la puerta había cuatro hileras de películas con sus preciosas carátulas, y una sección horizontal al fondo, más oculta a la vista (más tarde descubriría que era la sección adulta). Y el olor, compis, ese olor a cinta VHS y a caja de plástico (si hiciesen perfumes de ambientación con ese olor vendería millones). Justo a la izquierda quedaba el mostrador de atención al publico, y recuerdo vívidamente a la señora que atendía al lado de la caja registradora. Era risueña, de unos cincuenta años, aunque tendría muchos menos, pero para mí era la señora mayor del videoclub. Mis padres se acercaron y se dieron de alta. Una vez rellenados los datos en bolígrafo y archivados en ficha de papel (la base de datos ni existía ni se la esperaba) nos asignó el número de socio 2214 en una pequeña tarjeta muy cutre que aún hoy conservo puesto que fué plastificada inmediatamente. Dos mil doscientos catorce... El numero más bonito del mundo.

Acto seguido mis padres me dijeron otra frase, y os puedo asegurar que fue literal, ya que la escucho en mi cerebro mientras escribo estas palabras como si sonase en la realidad: "Anda hijo, date una vuelta por ahí a ver que ves... ¡Pero date prisa!". Ahora imaginad a un crio de seis años, rodeado de estanterías de maravilloso cine con carátulas  de dibujos animados, aventuras, piratas, naves espaciales, romanos y espadas medievales... ¿Y me sueltan '¡Pero date prisa!'? Tenía más ansiedad que un cirujano en una operación a corazón abierto. En definitiva, empecé a andar y a maravillarme con las carátulas. Ahí empezó mi amor por el cine, y en especial por el cine de los 80 y de los 90, eso sí, visto con los ojos de aquel niño, porque mucho del cine de aquellos años visto hoy en día rechina tanto como una máquina de vapor oxidada. Hay diálogos tan rancios y manidos que asustan al más pintado, pero ay, qué filtro tan bello es la infancia. Sin duda de aquellos años surgieron joyas eternas que siempre disfrutaremos.

Ese día de otoño en particular nos fuimos a casa con una copia de Starman de John Carpenter y La Muerte Tenía Un Precio de Sergio Leone. Fue un fin de semana maravilloso. Aquel aparato de vídeo, tosco y obsoleto a nuestros estándares, era lo más parecido a una fábrica de sueños que uno pudiese imaginar. Digamos que era nuestro Willy Wonka particular. Yo personalmente flipaba con cada uno de sus botones y displays digitales... ¡Era el futuro, caray, y en nuestro salón!  Y el resto es historia. De ahí surgieron tardes maravillosas viendo La Historia Interminable, DARYL, El Valle Perdido, Indiana Jones (la trilogía), Conan el Barbaro, Teen Wolf (De pelo en Pecho), Los Goonies (en casa se formó un revuelo cuando Gordi gritaba "¡Un Fiambre!") y tantas, tantísimas historias increíbles que revisitábamos una y otra vez. A esto se le añadía la posibilidad de grabar películas de la televisión, aunque para mis padres programar el vídeo era como trazar el plan de vuelo del Apollo XI con escuadra y cartabón. 

Gracias a aquel aparatejo pude aprender cada uno de los diálogos de Star Wars, Willow, Desafio Total, Robocop, Star Trek (toooodas las pelis) y por último y no menos importante Blade Runner, película que junto con El Imperio Contraataca formó parte de la lista de cintas que se estropearon de tanto ponerlas (con el consiguiente trauma por su pérdida).

Hoy día la gente menor de 20 años que tiene a mano plataformas de streaming por todos lados con contenidos infinitos no pueden llegar a imaginar qué significaba esto, desgranar cada fotograma de una película que te hacía vivir emociones a flor de piel aunque la hubieses visto más de treinta veces, que no te importase ni la resolución, ni los "kas" ni los pixels, ni el sonido 5.1 ni chufas por el estilo... No hacía falta, puesto que la magia no requiere de grandes medios, únicamente de ilusión, todo el tiempo del mundo y ganas de devorar historias que, con la mitad y menos del presupuesto de las películas de hoy día, consiguieron alcanzar el corazón de toda una generación que aún hoy vive en un mundo donde los remakes están a la orden del día, y la falta de originalidad se suple con violencia gratuita, efectos especiales que saturan y guiones de lo más predecible.

Años más tarde recuerdo el cierre de aquel videoclub cuando llegó el BlockBuster Video a la misma calle en 1995 y se comió líteralmente el mercado en la zona. No obstante, también se acabó el típico cartelito de "alquilado" en las pocas copias de los estrenos más codiciados puesto que tenían copias de sobra (salvo casos muy contados).

Como conclusión a este artículo de abuelo cebolleta va mi opinión simple y clara. Echo de menos la magia de ir a aquel Videoclub y escoger una película por la carátula, rebobinarla en nuestro rebobinador con forma de coche deportivo y darle al botón de Play en aquel maravilloso cacharro obsoleto. Y sí, hoy día disfruto de Netflix, HBO, Prime, etc, pero es como escribir una carta a mano a alguien que quieres, o escuchar un disco de música entero sin hacer nada más que eso, escuchar ese disco y desgranar cada letra y cada canción. Creo que estamos sobresaturados, y que el fenómeno del entretenimiento audiovisual crea momentos aberrantes como el de estar más rato decidiendo qué ver en las plataformas de streaming que simplemente disfrutando del contenido en sí, pero por otro lado entiendo que también es parte del fenómeno de la nostalgia y de la percepción distorsionada que teníamos de la realidad al ser más peques, porque objetivamente nuestro acceso a la música y al cine era muy limitado, y además con una resolución de imagen que hoy día no aceptaríamos ni locos.

Aún con todo os recomiendo encarecidamente desempolvar vuestros viejos videos y recuperar alguna vieja cinta VHS. Coged un bol de palomitas y dadle al botón del play para sentir al menos una última vez la magía, y en mi caso el recuerdo de aquella lluviosa tarde de 1986 cuando el cine se quedó en mi casa y yo soñé que una nave espacial me llevaba a las estrellas.

Twinsenspock.